II Festival Internacional de Cine

24 -31 Marzo 2001

WALT DISNEY. CIEN AÑOS INVITÁNDONOS A SOÑAR.
por Jorge Fonte.

En el año del centenario del nacimiento de Walt Disney, su nombre continua manteniendo la misma vigencia, fuerza e importancia que hace treinta años cuando murió. Hoy en día, el Estudio que lleva su nombre como estandarte estrena una-dos películas de animación al año y más de una treintena de acción real y es, a fin de cuentas, uno de los estudios más importantes de Hollywood.


La historia del Estudio Disney es, en esencia y en consecuencia, la historia del cine de animación, y ya sólo por ello todos los amantes de este género tenemos una deuda con este hombre españolizado a la fuerza que, por caprichos del destino, nació en Chicago (y no en Almería) en 1901. Pero todo comenzó en 1923, cuando dos hermanos muy jóvenes y, con muy poco dinero, empezaron a producir una serie de cortos animados titulados Alicia in Cartooland, que ponía en escena a una heroína viva dentro de un mundo de dibujos animados. Oswald, The Lucky Rabbit, sería su segundo personaje, que alcanzaría cierto éxito, hasta que la Universal Pictures se lo arrebató. Entonces, transformando un poco a éste simpático conejo y, convirtiéndolo en un ratón, nacería, de la pluma del dibujante Ub Iwerks, el primer corto sonoro de animación Steamboat Willie (1928), protagonizado por Mickey Mouse. El resto de la historia ya es por todos conocida. El propio Walt Disney nunca destacó como gran dibujante, pero sabía captar el mundo de los niños y transmitir hipnóticamente sus ideas, rodeándose de un equipo con los mejores dibujantes del momento, entre los que destacan los llamados nueve viejos (Milt Kahl, Frank Thomas, Marc Davis, Wolfgang Reitherman, Les Clark, Eric Larson, John Lounsbery, Warl Kimball y Ollie Johnston), que bajo su dirección dieron el sello de la compañía a todo lo que hacían, imprimiendo así a una creación colectiva, la marca de un único autor.
Como en toda buena retrospectiva, este ciclo nos ofrece algunos ejemplos de lo mejor y de lo peor del Estudio Disney a lo largo de sus casi ochenta años de historia. Entre lo bueno está, sin lugar a duda, Blancanieves y los siete enanitos. La deuda que como espectadores infantiles le debemos a esta película es algo verdaderamente impagable. Walt Disney comenzó a trabajar en éste film en 1934, con un pequeño y selecto equipo de animadores que se encargó de dirigir él mismo. Fred Moore, Bill Tytla, Fred Spencer y Frank Thomas animaron a los enanitos. De Blancanieves se encargó Hamilton Luske; Grim Natwick hizo al Príncipe; Art Babbitt creó las hermosas y malvadas formas de la Reina, tomando como modelo a la actriz Joan Crawford, mientras que Norm Ferguson animó a la bruja; Wolfgang Reitherman animó al Espejo Mágico, y los animadores Milt Kohl, Eric Larson y Jim Algar dieron vida a los animalitos del bosque. Mique Nelson, Merle Cox, Claude Coats, Phil Dike, Ray Lockrem, Maurice Nobel y Samuel Armstrong se inspiraron en los dibujos preliminares de Albert Hurter y Gustaf Tenggren para pintar los 729 magníficos fondos, llenos de pequeños detalles, que ayudaron a crear el sabor y ambiente europeo de los cuentos de hadas, dibujados por ilustradores del viejo continente como Arthur Rackham. Aunque los enanitos sean siete, Dopey (Mudito) fue el que más gustó. Tal vez sea por que de todos, era el más simpático y el primero que se enamoró perdidamente de Blancanieves. Con sus expresivos ojazos azules y sus grandes orejotas, no le hizo falta hablar para ser el más famoso.

Blancanieves y los Siete Enanitos demostró, no sólo que Disney y su equipo eran unos virtuosos de la animación, sino que los dibujos animados podían ser todo un género cinematográfico. Y aunque su presupuesto inicial de 150.000 dólares se elevó a 1.700.000, la película recaudó cuatro millones. Tras cuatro años de duro trabajo (1934-37), más de 250.000 dibujos y una banda musical interpretada por una orquesta de ochenta músicos, el reto se había logrado. Se estrenó el 21 de diciembre de 1937 en el famoso Carthay Circle de Los Angeles y, por primera vez, una película de Walt Disney no iba precediendo a un largometraje de otro estudio. Sólo durante los tres meses que siguieron a su estreno, se cree que la vieron más de veinte millones de personas. Blancanieves se ha exhibido en más de 60 países (incluidos Rusia y China) y en más de 10 idiomas diferentes, y durante dos años fue la película más taquillera de la historia del cine hasta que, en 1939, David O. Selznick produjo -y casi dirigió- Lo que el viento se llevó.
A éste primer largometraje le seguirían 22 más, entre los que hay que destacar Pinocho (1940), Fantasía (1940), La cenicienta (1950), El libro de la selva (1967) y, sobre todo, evidentemente, La dama y el vagabundo (1955): tras los discutibles traspiés que supusieron Alicia en el país de las maravillas y Peter Pan, el Estudio recurrió a una historia propia llena de originalidad y romanticismo. En 1925 Walt Disney le había regalado a Lillian Bonds -por entonces su prometida- una simpática perrita cocker spanier, en la que se inspiró para escribir un pequeño relato, en base al cual, en 1939, se concibió un cortometraje para las Silly Symphony, en el que todavía no aparecía Golfo, y que no llegó a realizarse. Pero cuatro años más tarde, Disney leyó el cuento Happy Dan, the Whistling Dog escrito por Ward Greene -un redactor de la casa distribuidora de las tiras cómicas de Mickey y Donald-, publicado en la revista Cosmopolitan, y comprendió que ése era el personaje que le faltaba a su relato. Entonces persuadió a Greene para que escribiera un cuento reuniendo a ambos perros, y así fue como en 1943, redactó un relato llamado Happy Dan, the Whistling Dog and Miss Patsy, the Beautiful Spaniel.
La dama y el vagabundo se basó directamente en ese relato. Estrenada en junio de 1955, fue la primera película de dibujos animados rodada en formato CinemaScope, sistema de pantalla ancha utilizado por primera vez por la Twentieth Century Fox, dos años antes en La túnica sagrada (The Robe) de Henry Koster (1953). Uno de los motivos por los que se utilizó este nuevo proceso de rodaje fue porque la pantalla ancha permitía experimentar con un mayor número de personajes dentro de un mismo plano. De esta forma, los dibujantes tenían que pintar menos fondos (aunque éstos fueran más largos), y los personajes se podían mover libremente por más espacio sin que se salieran de cuadro, con lo que se consiguió que hubiera menos planos que cortar a la hora del montaje y así poder jugar más con el ritmo de la película. Otra de las curiosidades a destacar de esta película es la colaboración de la famosa cantante Peggy Lee, que no sólo le dio voz a varios personajes (Darling/Linda, Peggy, y las gatas siamesas Si y Am), sino que además fue coautora de las canciones de la película junto al prestigioso arreglista y compositor Sonny Burke. El film costó cuatro millones de dólares y precisó de tres años de trabajo.

En 1950, Walt Disney comenzó a producir películas de acción real aprovechando el dinero que tenía retenido en Gran Bretaña generado por sus películas estrenadas allí desde antes de la segunda guerra mundial, ya que el gobierno británico trataba de superar la dura posguerra y no permitía que se sacara dinero del país. Eso significaba que tenían varios millones de dólares que no podían gastar sino dentro de Inglaterra. Los consejeros financieros le sugirieron a Walt que montara en Londres unos nuevos estudios de animación, una especie de sucursal, pero Disney prefirió invertir ese dinero en hacer películas con actores reales, y para la primera de ellas escogió la famosísima novela de Robert Louis Stevenson "La isla del tesoro". Con el tiempo, un Estudio que había nacido realizando solamente películas de animación, comenzó a producir cada vez más y más películas de acción real. Así, por ejemplo, entre 1963 y 1967 sólo se estrenó una película de animación (El libro de la selva), mientras que durante ese mismo periodo de tiempo se realizaron veinte de acción real.
Ken Annakin fue el primer gran director de películas de acción real del Estudio Disney. Nació el 10 de Agosto de 1914 en Beverly, Yorkshire (Gran Bretaña), y a principio de los años treinta trabajó como recaudador de impuestos, hasta que decide emigrar a Nueva Zelanda, después a Australia y finalmente los EE.UU. Durante la Segunda Guerra Mundial se alistó en la RAF y fue herido en combate. Acabada la contienda bélica se introdujo en la industria del cine y trabajó como ayudante de cámara, operador, ayudante de dirección y guionista. Durante los años de la posguerra, dirigió varias películas específicamente destinadas al mercado doméstico británico: una de las más populares fue Holiday Camp (1947), cuyo éxito propició dos secuelas, ambas también dirigidas por él. Esta serie llamó la atención de Walt Disney, que lo contrató para dirigir dos de las cuatro películas que produjo en Inglaterra: Los arqueros del rey (The Story of Robin Hood, 1952) y The Sword and the Rose (1953). Años después volvería a trabajar para el Estudio en otras dos producciones: Third Man on the Mountain (1959) y Los robinsones de los mares del sur (Swiss Family Robinson, 1960). Contratado por Darryl F. Zanuck como uno de los cuatro directores de El día más largo (The Longest Day, 1962) -los otros tres serían Andrew Marton, Bernhard Wicki y Gerd Oswald- el punto más alto de su carrera lo lograría en 1965 con la película de Sarah Miles Aquellos chalados en sus locos cacharros (Those Magnificent Men in Their Flying Machines), con la que fue nominado -junto a Jack Davies- al Oscar al mejor guión. En los años setenta volvió a la televisión con films como Murder at the Mardi Gras (1977) y Harold Robbins' the Pirate (1978), para concluir su carrera con dos películas de corte infantil más bien olvidadas: Los piratas (Pirate Movie, 1982) y The New Adventures of Pippi Longstocking (1988).
Por su parte, el otro director destacado en este ciclo con dos películas es Robert Stevenson (1905?1986), un cineasta inglés que había sido llevado a los EE.UU por el productor David O. Selznick en 1939, tras su tremendo éxito con Las minas del Rey Salomón (King Solomon's Mines, 1937). Para Selznick realizó algunas buenas películas más, como Su vida intima (Back Street, 1941), Alma rebelde (Jane Eyre, 1944) -con Joan Fontaine y Orson Welles- y Opio (To the Ends of the Earth, 1948) pero después de tener algunos fracasos para Howard Hughes en la RKO, decidió probar mejor suerte en la televisión, medio en el que trabajaría desde 1952 a 1956. A partir de entonces, no sólo se convertiría en uno de los directores favoritos de Walt Disney, sino que se haría cargo de más de una docena de películas del Estudio. Bajo sus ordenes tuvo a los actores más populares de la Casa -como Fred Mac Murray y Hayley Mills-, y su película más importante Mary Poppins (1964), por la que estuvo nominado al Oscar como mejor director de ese año. En su amplia filmografía se encuentran algunos de los títulos Disney más recordados por el público: El cuarto deseo (Darby O'Gill and the Little People, 1959), Secuestrado (Kidnapped, 1960), Un sabio en las nubes (The Absent Minded Professor, 1961), Los hijos del Capitán Grant (In Search of the Castaways, 1962), El sabio en apuros (Son of Flubber, 1963), Zafarrancho en la Universidad (The Misadventures of Merlin Jones, 1964), Un gato del FBI (That Darn Cat, 1965) y El abuelo está Loco (The Gnome-Mobile, 1967). Tras la muerte de Walt, dirigiría otros importantes éxitos como La bruja novata (Bedknobs and Broomsticks, 1971), Herbie, un volante loco (Herbie Rides Again, 1974), La isla del fin del mundo (Island on Top of the Word, 1974), Un candidato muy peludo (The Shaggy, 1976) y Se nos ha perdido un dinosaurio (One of Our Dinosaurs Is Missing, 1976).

El 15 de diciembre de 1966 (diez días después de haber cumplido los 61 años), Walt Disney murió en el St. Joseph´s Hospital de Los Angeles, dejando tras de sí una de las carreras más brillantes y de mayor impacto social y artística que cualquier otro cineasta haya dado al mundo. Tras él, su Estudio estuvo dando palos de ciego durante casi veinte años, realizando producciones deficitarias y de baja calidad artística, que sólo pretendían continuar con la tradición de la Disney, manteniendo y repitiendo ideas y estilos de antaño, bajo un planteamiento no sólo erróneo sino defraudante: "como nosotros no tenemos el ingenio de Walt, sigamos haciendo las películas tal y como él las hubiera hecho". Algunos de esos films también forman parte (y ¿por qué no?) de éste ciclo. Tal es el caso de Popeye (1980) de Robert Altman, que pese a su ilustre director, no logró pasar de ser una más que mediocre adaptación del popular personaje de dibujos animados realizado por los hermanos Fleischer durante los años treinta, tomando como modelo al personaje de comics creado por E. C. Segar. Por su parte, Tron (1982) de Steven Lisberger, aunque tengamos que considerarlo como un buen intento, se recrea en exceso en toda su carga informática, perdiendo en algunos momentos la esencia de la historia. Técnicamente es una película que abrió muchas puertas al futuro de la infografía en el cine, pero que apenas aporta nada más. Los lobos no lloran (1983) de Carroll Ballard conserva la línea naturalista del Estudio, siendo una película con un alto contenido ecologista, donde el hombre y los animales mantienen un falso, pero esperanzador, idilio medioambiental. Por último, el ciclo concluye esta etapa negra del Estudio Disney con una película más que destacable: Natty Gann (The Journey of Natty Gann, 1985) de Jeremy Paul Kagan, un film de ámbito social que nos presenta a un jovencísimo John Cusack en medio de una América desolada por los devastadores efectos de la depresión económica de los años treinta. Albert Woslky consiguió una nominación al Oscar al mejor vestuario por su excelente trabajo.
Cuando en 1985 Michael Eisner y Jeffrey Katzenberg se hicieron cargo del abandonado y desprestigiado Estudio Disney, que incluso salía de un intento de compra por otras empresas, lo primero que se propusieron era devolverle el esplendor de antaño, y para ello echaron mano de las nuevas generaciones de animadores que surgían de la Universidad de CarlArts. Dos de ellos fueron Ron Clements y John Musker, que han formado uno de los mejores tándem creativos de la nueva era y son culpables, en gran parte, del despertar del nuevo Estudio Disney, aportando algunos de los más grandes éxitos de los últimos años en el campo de la animación, como La sirenita (1989), Aladdín (1992), Hércules (1997) y la esperadísima Atlantis (2001).
La idea de realizar la adaptación del relato de Hans Christian Andersen, nace en 1985 cuando Ron Clements se encontró con un ejemplar del cuento en una librería de Los Angeles. Inmediatamente escribió un primer borrador de tan sólo dos folios que presentó a Jeffrey Katzenberg y a Roy Disney. Tras la aprobación de ambos, el manuscrito pasó a tener veinte páginas cuando John Musker se unió al proyecto. Casi desde el principio, Clements y Musker pensaron que sería muy buena idea contar con un buen apoyo musical que supusiera una parte muy importante dentro del film. Por ello contrataron los servicios del compositor Alan Menken y del letrista Howard Ashman (que acabó trabajando también como coproductor del film y escritor de diálogos). La colaboración entre los directores y los músicos fue más determinante en La sirenita que en ninguna otra película desde la muerte de Walt Disney, ya que las canciones significaron una guía para la historia, acentuaron e hicieron avanzar partes de la trama, la acción del cuento y conformaron el carácter de los personajes. Algo que, por otra parte, la Disney no había logrado desde 1970 con Los aristogatos.

El Estudio llevaba tres décadas sin trasladar a las pantallas un cuento de hadas. En un momento en que necesitaban desesperadamente recuperar el prestigio perdido, el cuento de Andersen se lo dio. Para ello, un equipo de más de cuatrocientos artistas y técnicos trabajaron durante casi tres años. Se necesitaron más de ciento cincuenta mil cels y mil fondos pintados a mano, y se contó con un presupuesto global de veintitrés millones de dólares. Su recaudación mundial alcanzó los ochenta y cinco millones de dólares. Aunque no lograra rebasar la mítica barrera de los cien millones de dólares, se puede considerar un enorme éxito, no ya sólo por los beneficios sino, sobre todo, por el prestigio que la película le volvió a dar al Estudio. La sirenita marcaría el camino hacia el futuro, por fin los herederos del imperio Disney ya sabían como convertir la magia en oro.
De hecho, la misma consigna se utilizó en Hércules ocho años después. A diferencia de otros directores, Musker y Clements se implican de tal forma en sus películas que la escriben, la dirigen y la producen, con lo que la obra adquiere una identidad personal, un singular sello dentro del Estudio centrado en su característico toque humorístico y su inconfundible dirección artística. Los dos jóvenes y entusiastas directores comenzaron a trabajar en la película en el otoño de 1993 y en nueve meses ya tenían preparado un primer borrador del guión, cuando se les unió el director artístico Andy Gaskill y comenzó a supervisar el desarrollo visual del film. Sobre su primer guión escrito comenzaron a trabajar Barry Johnson y los guionistas Bob Shaw & Donald McEnery -quienes se encargaron de intensificar el aspecto humorístico de la historia y darle mayor definición- e Irene Mecchi.
Uno de los aspectos novedosos y que más llaman la atención en Hércules es el estilo gráfico que el dibujante británico Gerald Scarfe, con su línea estilizada y angulosa, impuso al típico y legendario estilo en O del Estudio Disney. John Musker siempre había sido un gran admirador suyo desde que disfrutara con sus portadas en la revista Time en los años sesenta. En un principio, se le contrató solamente para que colaborara en el diseño de los personajes, y durante poco más de un año estuvo mandando desde Londres una infinidad de bocetos y estudios preliminares sobre cada uno de ellos. Su impactante estilo le dio a la película un toque nuevo y original, y terminó colaborando estrechamente con Andy Gaskill y la productora de diseño Sue Nichols, con lo que toda la película en general acabó teniendo un inconfundible toque "Scarfe".
La animación comenzó a finales de 1995, con el equipo más numeroso de los últimos años, novecientos técnicos y dibujantes frente a los seiscientos veinte que trabajaron en El jorobado de Notre Dame. Casi cien de ellos pertenecían al Estudio Disney de París, que realizaron algo más de diez minutos de película incluyendo toda la parte final de la lucha contra los Titanes. Cuarenta artistas pintaron los mil seiscientos fondos que aparecen en la película y casi ciento diez animadores de efectos se encargaron de dar vida al pelo de Hades y a los destructivos efectos de los Titanes. Hércules se ha traducido a veintiocho idiomas, y recaudó en los EE.UU. noventa y nueve millones de dólares en los primeros cinco meses.

De la mano de Michael Eisner y Jeffrey Katzenberg, el Estudio Disney ha alcanzado las cotas más altas del éxito, no sólo en el campo de la animación, sino en todas las ramas de su quehacer cinematográfico. Los títulos y las cifras hablan por si solas: La bella y la bestia (150 millones), El rey león (312 millones), Pretty Woman (175 millones), El sexto sentido (26 millones sólo en el primer fin de semana), etc, etc. ¿quién da más? No debemos olvidar en ningún momento, que la Disney es básicamente un Estudio de animación que también hace películas de acción real, o bien con su propio sello, o a través de sus productoras filiares como Touchstone Pictures, Hollywwod Pictures o Miramax, que se encargan de realizar los films dirigidos a un público más adulto y no esencialmente familiar, pero que en el fondo nunca dejan de ser una película Disney. Ni siquiera el florecimiento de nuevos estudios que se aventuran a la realización de largometrajes de animación han podido competir con la más que fructífera y ya bien asentada factoría Disney. Después de lo visto en films como Tarzán (1999) y Dinosaurio (2000), imaginarnos lo que el futuro nos puede deparar en el campo de la animación es algo que ni los más osados se atreverían a profetizar.

Jorge Fonte es autor (junto a Olga Mataix) de los libros "Walt Disney. El universo animado de los largometrajes (1937-1967)" y "Walt Disney. El hombre, el mito", ambos publicados por T&B Editores.